Scaramouche

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DEBATE
EDITORIAL
R a f a e l S a b a t i n i
S c a r a m o u c h e
Primera edición: junio 1999
Versión castellana de
MANUEL PEREIRA
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendida la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella, mediante alquiler o préstamo público.
© National Institute for the Blind, The Imperial Cancer Research Fund, and Action Research
© De la traducción, Manuel Pereira Quintero, 1999
Traducción cedida por Círculo de Lectores, S. A. (Barcelona, España)
© De la presente edición, Editorial Debate, S. A.,
O’Donnell, 19, 28009 Madrid
I.S.B.N.: 84–8306–198–8
Depósito legal: B. 19.161–1999
Diseño de sobrecubierta, J. M. García Costoso
Impreso en Limpergraf, Ripollet (Barcelona)
Impreso en España (Printed in Spain)
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Sumario
LIBRO PRIMERO …………………………………………………………………….. 6
La toga………………………………………………………………………………….. 6
1. El republicano ……………………………………………………………. 7
2. El aristócrata …………………………………………………………… 12
3. La elocuencia de Vilmorin………………………………………….. 17
4. La herencia………………………………………………………………. 22
5. El señor de Gavrillac …………………………………………………. 24
6. El molino …………………………………………………………………. 27
7. El viento ………………………………………………………………….. 31
8. Omnes Omnibus ……………………………………………………….. 37
9. La secuela………………………………………………………………… 41
LIBRO SEGUNDO………………………………………………………………….. 47
El coturno ……………………………………………………………………………. 47
1. Los intrusos ……………………………………………………………… 48
2. Al servicio de Tespis …………………………………………………. 55
3. La musa cómica………………………………………………………… 59
4. Sale el señor Parvissimus……………………………………………. 65
5. CAPÍTULO V ………………………………………………………….. 69
6. Entra Scaramouche……………………………………………………. 69
7. Climéne …………………………………………………………………… 74
8. La conquista de Nantes………………………………………………. 81
9. El sueño…………………………………………………………………… 85
10. El despertar………………………………………………………………. 89
11. Contrición………………………………………………………………… 97
12. Riña tumultuaria en el Teatro Feydau …………………………. 102
LIBRO TERCERO ………………………………………………………………… 110
La espada …………………………………………………………………………… 110
1. Transición………………………………………………………………. 111
2. BERTRAND DES AMIS …………………………………………. 113
3. Maestro de Esgrima de la Academia del Rey……………….. 113
4. Quos deus vult perderé …………………………………………….. 118
5. El presidente Le Chapelier………………………………………… 124
6. Intermedio ……………………………………………………………… 129
7. La señora de Plougastel ……………………………………………. 138
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S c a r a m o u c h e
8. Los políticos …………………………………………………………… 143
9. El paladín del Tercer Estado……………………………………… 153
10. Orgullo herido ………………………………………………………… 157
11. El regreso de la calesa ……………………………………………… 163
12. Deducciones …………………………………………………………… 167
13. Hacia la culminación ……………………………………………….. 171
14. La razón más contundente ………………………………………… 174
15. El santuario ……………………………………………………………. 182
16. La barrera ………………………………………………………………. 186
17. Salvoconducto ………………………………………………………… 191
18. Salida del sol ………………………………………………………….. 195
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Hommes sensibles qui pleurez sur les maux
de la Revolution, versez donc aussi quelques
larmes sur les maux qui Font amenée.
MICHELET
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LIBRO PRIMERO
La toga
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CAPÍTULO PRIMERO
El republicano
Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ése era todo su patrimonio. Aunque su verdadera ascendencia permanecía obscura, desde hacía tiempo en la aldea de Gavrillac todos habían despejado el misterio que la envolvía. La gente de Bretaña no era tan ingenua como para dejarse engañar por un pretendido parentesco que ni siquiera tenía la virtud de ser original.
Cuando un noble apadrina a un niño que no se sabe de dónde ha salido, ocupándose de su crianza y educación, hasta los campesinos más ingenuos comprenden perfectamente la situación. De ahí que los habitantes del pueblo no dudasen acerca del verdadero parentesco que unía a André-Louis Moreau –como llamaron al muchacho– con Quintín de Kercadiou, señor de Gavrillac, que habitaba la gran casa gris que, desde una elevación, dominaba la villa situada a sus pies.
André-Louis había estudiado en la escuela del pueblo al tiempo que se hospedaba en casa del viejo Rabouillet, el notario que se encargaba de los asuntos del señor de Kercadiou. Más tarde, a la edad de quince años, lo enviaron al Liceo de Louis Le Grand, en París, para que estudiara derecho, carrera que, cuando regresó al pueblo, ejerció junto con el viejo Rabouillet. Por supuesto, todo esto lo sufragó su padrino, el señor de Kercadiou, quien, al poner nuevamente al joven bajo la tutela de Rabouillet, demostró que seguía ocupándose del porvenir de su ahijado.
André-Louis aprovechó al máximo estas oportunidades. Al cumplir veinticuatro años, su sabiduría era tan grande que hubiera provocado una indigestión intelectual en cualquier mente ordinaria. Sus apasionados estudios acerca de la naturaleza humana, desde Tucídides hasta los Enciclopedistas, desde Séneca hasta Rousseau, no hicieron más que confirmar su precoz intuición de la irremediable locura que padece nuestra especie. En este sentido, no aparece en toda su azarosa vida ningún indicio que permita pensar que haya cambiado de opinión.
Físicamente era esbelto, de mediana estatura, con un rostro astuto, nariz y pómulos prominentes, y abundante cabello negro que le llegaba casi a los hombros. Tenía la boca grande y en sus labios delgados se dibujaba un irónico mohín. Lo único que lo redimía de la fealdad era el esplendor de un par de ojos luminosos, siempre interrogantes, de un castaño obscuro tirando a negro. De su singular facultad para discurrir, así como de su raro y gracioso don de la palabra, dan fe sus manuscritos –lamentablemente demasiado escasos–, entre los cuales destacan sus Confesiones. De sus magníficas dotes oratorias, por entonces él mismo apenas si era consciente, aunque ya había alcanzado cierta fama en el Casino Literario de Rennes. Uno de aquellos cafés, ahora ubicuos en el país, donde los jóvenes intelectuales de Francia se reunían para estudiar y discutir las nuevas filosofías que influían en la vida social. Pero la fama allí adquirida no podía considerarse digna de envidia. Su carácter demasiado travieso, demasiado cáustico, lo inclinaba a ridiculizar las sublimes teorías de sus colegas sobre la regeneración del género humano. Hasta tal punto era así, que André-Louis llegó a quejarse de la inquina que todos le tenían, argumentando que lo único que hacía era ponerlos ante el espejo de la verdad, y que si al reflejarse se veían ridículos, no era culpa suya.
Lógicamente, con eso lo único que consiguió fue exasperar a sus colegas, a tal punto que consideraron seriamente expulsarlo del Casino, lo cual resultó inevitable cuando su padrino, el señor de Gavrillac, lo nombró representante suyo en los Estados de Bretaña. Los miembros del Casino Literario declararon, por unanimidad, que en un club como aquél, dedicado a la reforma de la sociedad, no podía figurar el representante oficial de un noble, un hombre de confesados principios reaccionarios.
Y aquellos tiempos no se prestaban para tomar medidas a medias. Una débil esperanza había asomado en el horizonte cuando el señor Necker logró convencer al rey de que debía convocar los Estados Generales –lo que no ocurría desde hacía casi doscientos años–; pero esa luz se había ensombrecido últimamente a causa de la insolencia de la nobleza y del clero, pues ambos estamentos estaban decididos a asegurar que la composición de la Asamblea General salvaguardara sus privilegios.
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La próspera e industriosa ciudad portuaria de Nantes –la primera en expresar el sentir que ahora se extendía rápidamente por todo el país–, publicó en los primeros días de noviembre de 1788 un manifiesto que obligó a la municipalidad a presentar ante el rey. El documento manifestaba su rechazo a que los Estados de Bretaña, a punto de reunirse en Rennes, fueran, como en el pasado, un mero instrumento en manos de la nobleza y del clero. También pedía para el Tercer Estado el derecho a votar los impuestos.
Para poner fin a la amarga anomalía que suponía el hecho de que el poder estuviera en manos de aquellos que no pagaban impuestos, el manifiesto exigía que el Tercer Estado estuviera representado a razón de un diputado por cada diez mil habitantes, que éste saliera estrictamente de la clase que representaba, y que no fuera un noble, ni delegado, ni senescal, ni procurador ni intendente de un aristócrata; que la delegación del Tercer Estado1 fuera igual en número a las de los otros dos estados, y que en todos los asuntos los votos se contaran por cabeza, y no, como hasta ahora, por clases.
Este manifiesto, que contenía otras peticiones secundarias, permitía vislumbrar a los elegantes y frívolos caballeros que paseaban ociosamente por el CEil de Boeuf de Versalles algunos de los desconcertantes cambios que el señor Necker se disponía a desencadenar. De haber podido, era fácil adivinar cuál hubiera sido su reacción al documento. Pero Necker era el único piloto capaz de llevar a puerto seguro la zozobrante nave del Estado. Siguiendo su consejo, Su Majestad el rey volvió a remitir el asunto a los Estados de Bretaña para que lo solucionaran, pero con la significativa promesa de intervenir si las clases privilegiadas –la nobleza y el clero–se resistían al deseo del pueblo. Y por supuesto, las clases privilegiadas, precipitándose ciegamente hacia su destrucción, se resistieron, lo que provocó que el rey suspendiera los Estados.
Y ahora eran esas mismas clases se negaban a acatar la autoridad del soberano. La ignoraban deliberadamente, querían seguir celebrando sus sesiones y proceder a las elecciones a su manera, convencidos de que así lograrían salvaguardar sus privilegios y continuar su rapiña.
Una mañana de noviembre Philippe de Vilmorin llegó a Gavrillac con todas estas noticias. Era estudiante de teología del Seminario de Rennes y miembro del Casino Literario. Pronto encontró en aquel pueblo, desde tiempo atrás adormecido, el caldo de cultivo adecuado para encender su indignación. Un campesino de Gavrillac, llamado Mabey, había muerto aquella mañana en los bosques de Meupont, cerca del río, a causa de los disparos del guardabosque del marqués de La Tour d’Azyr. Al infortunado campesino lo sorprendieron robando un faisán que había caído en una trampa y el guardabosque cumplió al pie de la letra las órdenes de su señor.
Enfurecido ante un acto de tiranía tan absoluto y despiadado, el señor de Vilmorin propuso llevar el caso ante el señor de Kercadiou. Mabey era vasallo de Gavrillac, y Vilmorin esperaba que el señor de aquel pueblo exigiría por lo menos una indemnización para la viuda y los tres huérfanos, víctimas de aquella brutalidad.
Pero como Philippe y André-Louis eran amigos de la infancia, casi como hermanos, el seminarista se dirigió primero a éste. Lo encontró solo, desayunando en un amplio comedor de techo bajo y blancas paredes: el comedor de Rabouillet, único hogar que André-Louis conociera. Tras abrazarse, Philippe expuso su airada denuncia contra el señor de La Tour d’Azyr.
–Algo he oído ya –dijo André-Louis.
–¿Y lo dices así, como si no te causara la menor sorpresa? –le reprochó su amigo.
–No puede sorprender ninguna bestialidad viniendo de una bestia. Y el señor de La Tour d’Azyr lo es; todo el mundo lo sabe. Fue una locura que Mabey intentara robarle sus faisanes. Debió robar los de otro.
–¿Eso es todo lo que se te ocurre decir acerca del caso?
–¿Qué más puede decirse? Soy un hombre práctico, al menos eso espero.
1 La sociedad francesa en el Antiguo Régimen se dividía en tres estamentos: el eclesiástico, el nobiliario y el Tercer Estado que, bajo la denominación general de «pueblo», agrupaba a la burguesía, a los artesanos y a los campesinos. (N. del T.) 8
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–Lo que puede decirse es lo que me propongo decirle a tu padrino, el señor de Kercadiou. Voy a apelar a él en demanda de justicia.
–¿Contra el señor de La Tour? –preguntó André-Louis arqueando las cejas.
–¿Por qué no?
–No seas ingenuo, querido Philippe. Los perros no se comen a los perros.
–Eres injusto con tu padrino. Es una persona humanitaria.
–Todo lo humanitario que quieras, pero aquí no es cuestión de humanidad, sino de leyes de caza.
Disgustado, Philippe de Vilmorin levantó los brazos al cielo. Era un mozo alto, de aspecto distinguido, un par de años más joven que André-Louis. Vestía sobriamente de negro, como correspondía a un seminarista, con blancos vuelillos en las mangas y hebillas de plata en los zapatos. Su caballera era negra, pulcramente peinada y sin empolvar.
–Hablas como un abogado –estalló.
–Naturalmente. Pero no malgastes conmigo tu furia. Dime qué puedo hacer.
–Quiero que vengas conmigo a ver al señor de Kercadiou y que uses tu influencia para obtener justicia. Supongo que no será mucho pedir.
–Mi querido Philippe, estoy para servirte. Pero te advierto que será inútil. Déjame terminar mi desayuno, y estaré a tus órdenes.
Philippe de Vilmorin se dejó caer en una butaca, al lado de la chimenea, donde ardían varios troncos de pino. Mientras aguardaba le comentaba a su amigo los últimos acontecimientos que habían tenido lugar en Rennes. Joven, ardiente, entusiasta e inspirado en los utópicos ideales, denunciaba apasionadamente la rebelde actitud de los privilegiados.
A André-Louis, que estaba al tanto de los sentimientos de una clase a la que –como representante de un noble– casi pertenecía, no le sorprendieron las noticias de su amigo. Philippe de Vilmorin se exasperó al ver que su amigo aparentemente no participaba de su indignación.
–¿Pero es que no lo entiendes? –exclamó–. Los nobles, desobedeciendo al rey, socavan los cimientos del trono. No advierten que su existencia depende de ese trono, que si se derrumba, ellos serán los primeros en caer. ¿Es que no lo ven?
–Evidentemente no. Son las clases gobernantes, y nunca se ha visto que esas clases tengan ojos para otra cosa que no sea su propio beneficio.
–Pues de eso nos quejamos. Eso es lo que queremos cambiar.
–¿Queréis abolir las clases gobernantes? Es un experimento interesante. Creo que ése fue el plan original de la creación, pero fracasó por culpa de Caín.
–Lo que vamos a hacer –replicó Vilmorin reprimiendo su furia– es poner el gobierno en otras manos.
–¿Y crees que con eso va a cambiar algo?
–Estoy seguro.
–¡Ah! Probablemente estudiando teología has llegado a hacerte dueño de la confianza del Todopoderoso. Sin duda Él te habrá confiado su intención de hacer un nuevo género humano.
El ascético rostro de Vilmorin se cubrió con una nube de reproche:
–Blasfemas, André –censuró a su amigo.
–Te juro que hablo absolutamente en serio. Para lograr lo que quieres, necesitarás nada menos que la intervención divina. Habría que cambiar al hombre, no al sistema. ¿Podrías tú o nuestros fanfarrones amigos del Casino Literario de Rennes, podrían los de ninguna sociedad cultural de Francia, esbozar un sistema de gobierno que aún no se haya probado? Seguro que no. ¿Puede acaso mencionarse algún sistema, que no haya acabado en el fracaso? Mi querido Philippe, el futuro sólo puede leerse con certeza en el pasado. Ab actu ad posse valet consecutio. El hombre nunca cambiará. Siempre será avaro, codicioso, vil. Hablo del hombre en sentido general.
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–¿Pretendes decir que no puede mejorarse la suerte del pueblo? –le desafió Vilmorin.
–Al decir pueblo, te refieres, naturalmente, al populacho. ¿Lo abolirás? Ése sería el único modo de mejorar su suerte, pues mientras exista el populacho, estará condenado a la miseria.