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—Sólo que tenía entendido que Tony El se había marchado al sur, a Londres quizá.

Ancram retiró del vaso la raja de limón.

— ¿De veras? Qué interesante.

— ¿Por qué?

—Porque he movilizado a mis amigos en busca de información. —Ancram hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza y el soplón del extremo de la barra dejó su taburete y se le acercó—. Dile al inspector Rebus lo que me has contado, Dusty.

Dusty se pasó la lengua por unos labios inexistentes. Parecía ser el tipo que hace de confidente por darse importancia más que por dinero o rencor.

—Se dice —hablaba otra vez sin alzar la cabeza y Rebus podía verle la coronilla— que Tony El ha estado trabajando por el norte.

— ¿Por el norte?

—Dundee..., en el nordeste.

— ¿Y en Aberdeen?

—Por allí; sí.

— ¿En qué?

Se encogió de hombros.

—Opera por su cuenta; a saber... Se le ha visto por allí.

—Gracias, Dusty —dijo Ancram y el hombre se escabulló hacia el fondo de la barra. Ancram miró a la camarera—. Otras dos

—dijo— y póngale a Dusty lo que quiera. —Se volvió hacia Rebus—. ¿A quién crees, a Tío Joe o a Dusty?

— ¿Crees que me mintió para tomarme el pelo?

—O por liarte.

Sí, hacerle ir a Londres con una falsa pista que entorpeciera la investigación. Tiempo y esfuerzos perdidos.

—La víctima trabajaba en Aberdeen —añadió Rebus.

—Todas las pistas se juntan allí. —Les sirvieron las bebidas y Ancram pagó con un billete de veinte libras—. Quédese la vuelta; cobre lo que deba Dusty y le da lo que sobre, menos una libra para usted.

La mujer hizo el gesto de asentimiento de quien está acostumbrada. Rebus no dejaba de pensar en los caminos que llevaban al norte. ¿Quería ir a Aberdeen? Estaría a salvo de Justicia en directo, quizás así dejaría de pensar en Lawson Geddes. A ese respecto, el día había sido una especie de vacaciones; Edimburgo estaba lleno de fantasmas, pero también Glasgow: Jim Stevens, Jack Morton, John Biblia y sus víctimas.

— ¿Fue Jack quien te dijo que había ido a Barlinnie?

—Me impuse por jerarquía, no se lo reproches.

—Cuánto ha cambiado.

— ¿Te molestó? No sé por qué te siguió después de comer. El celo del converso.

—No sé a qué te refieres —dijo Rebus.

Se llevó el vaso a los labios y dio un largo trago.

— ¿No te lo contó? Se ha afiliado a Alcohólicos Anónimos y, en serio, no para cobrar la baja por depresión. —Ancram hizo una pausa—. Pensándolo bien, a lo mejor yo también lo hago —añadió con un guiño, sonriendo.

Había algo molesto en su sonrisa; como si escondiera muchos secretos. Una sonrisa condescendiente.

Una sonrisa muy de Glasgow.

—Era un alcohólico —prosiguió Ancram—. Bueno, lo sigue siendo. Una vez que se empieza, nunca se deja. Pero algo le sucedió en Falkirk y acabó en el hospital casi en coma con sudores, vómitos y alucinaciones. Lo primero que hizo al salir fue buscar en el listín el teléfono de la Esperanza y ellos le remitieron a la iglesia de los zumos. —Miró el vaso de Rebus—. Dios, qué rápido. Anda, tómate otra.