Back Black & Blue Save as PDF

A medio camino de Earl Street, Rebus le dijo al taxista que había cambiado de idea y que le llevase a la «Marina». La antigua comisaría de Partick —centro de la investigación sobre John Biblia— estaba vacía y casi en ruinas. Se podía aún acceder a ella abriendo los candados, pero los críos no tenían necesidad de hacerlo para entrar. Se contentó con sentarse fuera un rato. Por la «Marina» habían pasado muchos sospechosos a declarar y ser sometidos a ruedas de identificación y careos más informales. Joe Beattie y la hermana de la tercera víctima los observaban, escrutaban sus rostros, los rasgos y la forma de hablar, y, luego, vuelta a empezar.

—Ahora querrá ir al Barrowland, ¿verdad? —dijo el taxista, pero Rebus negó con la cabeza.

Ya había visto suficiente. El Barrowland no iba a decirle nada que no supiera.

— ¿Conoce un bar llamado The Lobby? —preguntó. El hombre hizo un gesto afirmativo—. Pues lléveme allí.

Pagó la carrera, le dio cinco libras de propina y pidió el recibo.

—No damos recibos, amigo. Lo siento.

—No trabajará por casualidad para Joe Toal, ¿eh?

—Ni lo he oído nombrar.

El hombre le miró con mala cara, metió la primera y arrancó.

En la barra de The Lobby estaba Ancram, con aire relajado entre dos hombres y dos mujeres que le escuchaban atentamente. El local estaba lleno de gente que había salido del trabajo, arribistas y mujeres solas.

— ¿Qué toma, inspector?

—Invito yo —dijo Rebus, señalando el vaso de Ancram y los de los otros, pero Ancram soltó una carcajada.

—A ellos no se les invita; son periodistas.

—De todos modos, la ronda es mía —dijo una de las mujeres—. ¿Qué toman?

—Mi madre me aconsejó no aceptar bebidas de desconocidos.

La mujer sonrió, iba maquillada y su rostro cansado fingía entusiasmo. Jennifer Drysdale. Rebus sabía la causa del cansancio: resultaba duro actuar como «un hombre más». Mairie Henderson le había hablado de ello... las cosas cambiaban muy lentamente, la realidad era un barniz de igualdad sobre el mismo papel pintado de siempre.

Un disco de Jeff Beck, Hi–Ho Silver Lining. La letra era idiota pero se escuchaba desde hacía más de veinte años. No entendía por qué en un local con las pretensiones de The Lobby ponían viejos éxitos.

—En realidad —decía Ancram—, estamos cerca de encontrar algo. ¿Verdad, John?

—Sí.

Que le llamara por su nombre le dio a entender que el inspector jefe quería zanjar el asunto.

Los periodistas ya no parecían tan contentos y comenzaron a asediarle a preguntas sobre Johnny Biblia para tener algo que escribir.

—Qué más quisiera yo que contarles algo, pero todavía no tengo datos.

Ancram alzó las manos para tratar de calmarlos.

Rebus vio que había una grabadora en la barra.

—Declare usted cualquier cosa —dijo uno de los hombres, arriesgando una mirada en dirección a Rebus, que se mantenía al margen.

—Si quieren información —añadió Ancram, rompiendo el corro—, contraten un vidente. Gracias por las copas.

Fuera del local su sonrisa se esfumó. No era más que puro teatro ante los periodistas.